04 febrero 2008

I.I. - Página 14

Timbre. Ivana, la del séptimo.
-Te estuve llamando por teléfono, pero no sonabas muy lúcido.
Eran las cinco de la mañana, pero el violeta de sus ojeras y una agitación en su ritmo de pestañeo no presagiaban insomnio.
Conviene que haga aquí un paréntesis sobre Ivana. Nos conocíamos hacía cinco meses, por coincidir en el ascensor. Dado que vivo en el quinto piso, y a razón de 120 encuentros anuales promedio, podría decirse que llevábamos compartidos unos 250 pisos. Unos 250 pisos de hablar, por hacer otra cosa, mientras pasaban los números pintados en la pared. Y, sin embargo, llegamos a tenernos confianza. Una confianza enrejada, y no exenta de tironeos.
La decisión de separarse de la pareja con la cual convivía la había depositado en mi edificio (a fuerza de absorber almas centrífugas, las paredes del mismo se habían impregnado, por ósmosis, de un aura de nihilismo). La libertad sobreviniente a su separación la había concientizado de la necesidad de sustentarse económicamente. Un humilde cargo administrativo en el municipio y la peluquería a domicilio contribuían a costear su “dos ambientes”.
Ella también pudo conocer datos de mí. Ahora, a la distancia, comprendo que fue mi afición a la novela policial lo que la corporizó aquella madrugada, esperando quizás, alguna quijotesca reacción de mi parte.
-Sí...tampoco vos te ves bien –le dije. En mi edificio la diplomacia es mala educación, sobretodo en los pasillos. Acallado el picaporte, y con ella adentro, le pregunté, mirando aquel doble ocaso verde clavado en su entrecejo:
-¿Qué te pasa?
..."
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